Es aceptable el hecho de que la masonería fue un arma ideada por las Altas
Jerarquías para utilizarla contra la Iglesia y contra el Antiguo Régimen y
socavar la sociedad de los países que se empeñaban en mantenerse fieles a la
tradición católica. Esas Altas Jeraquías imponen sus objetivos a sus seguidores, para que las nuevas generaciones los asuman. La masonería permitirá a las élites judías acceder a los
resortes del poder: sin intermediarios; sin necesidad de influir en reyes o
papas; tomando el poder por sí mismos. La Iglesia vivía en los siglos XVIII y
XIX en posiciones de enroque frente a toda idea y movimiento liberal. En esa situación,
una masonería nueva especialmente agresiva, que se llamaba de los Illuminati ,
intentó convencer a la Gran Logia Inglesa y al Gran Oriente de Francia de
unificar a todas las obediencias masónicas y establecer un Nuevo Orden en el mundo, basado en la guillotina. Pero las grandes logias no se fiaban de ellos, porque
no habían demostrado aún competencia, temiendo, que detrás de su agresividad
se escondía la Iglesia a la que estaban intentando destruir, la misma que había
adoptado a la orden Jesuita. Era necesario mantener esa ficción de enfrentamiento para que en la Iglesia no sospecharan de ellos.
Pasada la fiebre radical, unos illuminati menos
agresivos pasaron a América del Norte, donde aún puede seguirse su rastro y su
poder en la propia moneda, escaparate abierto de sus símbolos
“Si quieres esconder algo y hacerlo invisible, ponlo a la vista de todos”.
El desarrollo de la masonería, sobre todo en Inglaterra, se traducirá en unas
buenas relaciones con los países emergentes de corte masón de América del Norte
(EE.UU. y Canadá), aunque formalmente no pueda hablarse de unidad masónica. La
lucha que mantuvo EE.UU. contra el Imperio Británico por su liberación
colonial, no puede decirse que ocasionara distanciamiento con la corona
inglesa; antes al contrario, tras las guerras, entablaron unas relaciones que
han ido mucho más allá de lo puramente comercial, lo que indica que había
intereses más altos que los propios de la monarquía inglesa y de su antigua
colonia, que había que casar.
El
virus masónico se inoculó en la América Española para acabar con el Imperio
Español; debilitada la metrópoli con la guerra napoleónica, lo intentaron utilizando
a la armada Inglesa, pero los criollos se resistieron haciendo imposible la
conquista del continente por las armas. Las dos figuras traidoras a España y a
las llamadas provincias de Ultramar más importantes fueron los conocidos como
Bolívar y San Martín, que fueron iniciados en los secretos de la viuda en
Europa y se prestaron a abrir las puertas de Sudamérica a los enemigos de
nuestra cultura católica. Se les llama libertadores, pero fueron todo lo
contrario. A partir de entonces, el gobierno de los diferentes países que se
formaron se encomendó a una élite militar-burguesa criolla muy alejada del
pueblo, afín a los jesuitas, y por lo tanto, al brazo masónico Illuminati que ya
dominaba la América anglosajona. Un disfraz más de esa élite judía (nobleza
negra), que lo impregna todo. Brasil y Portugal siguieron por el mismo
derrotero -armada inglesa de por medio- en defensa de los intereses de su
masonería.
El cambio que se produjo de la mano de la masonería
no era un cambio limpio. Los valores que preconizaban los movimientos liberales
impulsados por esa sociedad secreta, estaban referidos a valores políticos, que
buscaban cambiar las estructuras de poder en este mundo. En el fondo, al margen
de frases grandilocuentes de libertad, igualdad y fraternidad, prescindían del
hombre, sobre todo del profano (no-masón). Las tres palabras se adoptan como
ideal, pero son falsas (como hemos visto): los que impulsan la revolución ni
quieren la libertad de los hombres,
ni creen en su igualdad, ni se tienen
por hermanos de los demás hombres, que sería la fraternidad; se sentían casta aparte. Con los nuevos valores,
buscaban crear el grupo dirigente de la sociedad con familias afines que fueran
conformando una élite burguesa. Los valores revolucionarios del XVIII les iban
a permitir alcanzar el poder y dirigir la sociedad, relegando a la clase noble
-que terminará uniéndose a ellos-, a parte del clero católico, como rival
avisado. Los nuevos advenedizos formarán parte de una clase social basada en el
dinero. No olvidemos, que los Herederos de la Tierra estaban incluidos en esa
clase social burguesa que iba a tomar el poder en el mundo Occidental, lo que
conseguirán, a través de las sociedades masónicas que habían creado sus
dirigentes, en las que manipulaban a los goyim o gentiles, como a marionetas,
gobernando así desde la sombra a todos los humanos.
Hoy, la masonería regular se jacta de impulsar
valores democráticos y de aceptar las creencias de sus miembros, al usar la
Biblia y el Corán para presidir sus tenidas, pero, en realidad, el verdadero
Dios está proscrito de sus reuniones, pues ellos, conscientes o no, ponen por
encima de todas las creencia a su Gran Arquitecto Universal, que es el Demiurgo,
el Creador de este mundo: que no es Dios, es Satanás. No obstante, los altos
grados masones, obedientes a los siervos de las Altas Jerarquías (las que
gobiernan este mundo desde fuera), respetan el antiguo pacto, en tanto que
luchan por poseer el mundo, pero no parecen querer demasiados tratos con su
dios, al que rezan pidiéndole que no interfiera demasiado en sus asuntos con el
resto de los hombres, que ellos se bastan para engañarnos, pues somos basura.
También dicen tener prohibido hablar a sus miembros de religión y de política,
para mantener las buenas relaciones. Será verdad, pero no es creíble que las
logias de hoy se mantengan al margen de la política, ni que la ayuda al hermano
este proscrita de su obrar, ni que los hermanos con poder no se coordinen para
conseguir objetivos masónicos. Los hechos y no las palabras ponen a cada uno en
su sitio, y los hechos los dejan como redomados mentirosos.
La Iglesia Católica por su parte, aunque mantiene
en sus cánones la condena de la masonería, ya no la resiste: puede comprobarse
fácilmente que la Iglesia está en sus manos. El Integrismo Islámico es el único
que la rechaza, convencido de que se trata de una organización que está en
manos de sus enemigos, pero no nos engañemos: son esos a los que llaman enemigos los que empujan a los radicales islámicos, fomentando la yijah, manipulando así a los creyentes mahometanos. La galopante secularización y materialización del mundo la
favorece. Los símbolos masónicos, fundamentalmente la estrella de cinco puntas,
preside los emblemas de muchas naciones y los que presumen de aceptar todas las
creencias, no dudarían en revelarse contra el uso de la cruz en la bandera de
su país, exigiendo la separación Iglesia-Estado e impulsando la caída del
gobierno en cuestión por cualquier vía, si alguno quisiera incorporarlos. Si alguien
tiene poder suficiente, es profano y tiene valor, que intente quitar la
estrella de cinco puntas de la bandera de su país. Es un distintivo y
representa la pertenencia al club de los que poseen la Tierra. Los más
extremistas buscan imponer el laicismo en las sociedades que gobiernan, y lo
hacen en nombre de la democracia y del derecho de los no creyentes: pero, en
realidad, buscan privar a los hombres de su espiritualidad y del conocimiento
del verdadero Dios. La mejor forma de quitar la estrella de una bandera es por
la vía de los hechos, de la misma manera que ha sido impuesta (a lo callado), y
si se cuestiona, desenmascarar a sus valedores como traidores a la nación, y
defensores por tanto de los enemigos de la patria.
Registrados todos los derechos.
Aunque realizan el cuarto voto de obediencia ciega al Papa,
en las ocasiones en las que algún papa les ha exigido esa obediencia, no le han
hecho caso, lo que indica que el cuarto voto es un recurso formal para saltarse
el control de las autoridades religiosas nacionales y el control del propio
jefe de la Iglesia, cuando no coinciden los intereses:
- Cuando Clemente XIV disolvió la Orden
en 1773, por las presiones regalistas de los reyes de Francia, Portugal,
Nápoles, Sicilia y España, mientras el General de los jesuitas y sus asistentes
estaban presos en el castillo de Sant’Angelo, cientos de jesuitas de toda
Europa se refugiaron en Rusia al amparo de Catalina II, que deseaba continuar
con la labor de modernización que había iniciado su padre; también recibieron
amparo en otros países como Inglaterra, Prusia y Polonia, donde continuaron
ejerciendo como jesuitas hasta que llegó la Restauración, obra de Pío VII.
- Durante la segunda mitad del siglo XX,
las diferencias entre los papas y el General de los jesuitas P. Arrupe
estuvieron presentes mientras el General de los jesuitas gozó de buena salud
(?); estas diferencias estaban referidas principalmente a la Teología de la
Liberación.
El mayor peligro que han tenido que
sortear los jesuitas en los últimos tiempos han sido los cambios culturales de
la sociedad, y el marxismo, que consiguió influir sobre muchos de sus
religiosos a través de la llamada “Teología de la Liberación”. Un arma medieval
tan poderosa como la SJ, no supo prevenirse en la segunda mitad del siglo XX,
contra un virus mutado del marxismo que aceptaba a Dios entre sus filas. Además
de sumir a muchos países de Centroamérica en el caos, la Tª de la Liberación a punto estuvo de
acabar con la Compañía y dividir a la Iglesia. Claro, que muchos historiadores
achacan a los jesuitas la paternidad del marxismo, un sistema político que
habrían ensayado durante la Edad Moderna en las Reducciones Guaraníes del Paraguay
y Brasil durante un periodo de 150 años, que ya es. La Teología de la
Liberación es un intento para convertir en cielo el infierno que es este mundo,
interpretando al general Arrupe, que pedía a sus jesuitas en 1966 un compromiso
con la justicia social y con los más pobres; por otro lado, supone un
acercamiento muy satisfactorio a otras iglesias cristianas protestantes que
seguían el mismo camino. En la balanza de los contras decir, que no son
acertados los objetivos de la TL respecto a la salvación del hombre, pues
condena a los ricos de antemano y hace que la Iglesia funcione con dos varas de
medir; tampoco fueron acertados los caminos que tomaron muchos jesuitas,
encabezando una guerrilla que luchaba contra la opresión recurriendo a la
violencia, pues, como toda guerra, sembró el caos en aquellos países donde se
quiso imponer, y aunque buscase la participación de los obreros y campesinos en
el progreso, el resultado para los más pobres fue muy calamitoso, pues los
humildes, como siempre, pusieron los muertos y no sacaron ventaja alguna. Los
que debían poner en práctica las enseñanzas de Jesús, del que dicen son acompañantes, sobre “poner la otra
mejilla” no se limitaron a echar del Templo a latigazos a los mercaderes de
ambos bandos, se dejaron llevar por la ira, sacrificando a muchos hombres.
Impedido en su salud el general Arrupe, Juan Pablo II pudo corregir la deriva
marxista de la Orden. Woytila conocía bien el peligro del espejismo comunista,
que había sufrido en sus carnes y del que no se fiaba, por mucho que se hubiera
quitado la capa de ateísmo. ¡Claro!, que la realidad de un Woytila judío, como
jefe de la Iglesia Católica, tiene bemoles, que, aunque fuera polaco, también era
judío.
Cercanos a su fundación, los
jesuitas admitían en sus filas a gentes de ascendencia judía – el sucesor de
Ignacio de Loyola, Diego Lainez, era de familia judeo-conversa, lo que produjo
un fuerte escándalo en Castilla y en la sede toledana. Viendo las
consecuencias, los jesuitas obraron con discreción, aconsejando a los
judío-conversos españoles que solicitaban el ingreso, que lo hicieran en
Italia. Pero al disminuir el número de jesuitas, por haberse corrido en toda
Europa que la Sociedad de Jesús era un nido de judíos, en 1608 se impuso, que
para ingresar en la Orden, fuera necesario acreditar limpieza de sangre por 5
generaciones. Con la medida, formalmente quedaban amparados frente a los
ingresos masivos de conversos del siglo anterior y también calmaban a las
autoridades y a la Inquisición, que andaban vigilantes, pero en España, el
decreto era papel mojado: desde 1492, en que se había ejecutado el decreto de
expulsión de los judíos por los Reyes Católicos, habían pasado más de 5
generaciones, con lo cual, los marranos conversos (que judaizaban ocultamente) que quisieron profesar como jesuitas, tuvieron la entrada libre. En 1923
rebajaron el número de generaciones a cuatro y en 1946 se derogó la norma. Hoy,
las pruebas de ingreso en la Orden dicen que son durísimas, pues requiere una
formación de unos 14 años, lo que en teoría aparta del ingreso en la Orden a
gentes sin vocación o con fines conspiratorios, pero no persuade a gentes
disciplinadas sujetas a otras obediencias, que siguen consignas.